El Diluvio

En la ciudad, los espacios, sean edificios o calles, adquieren significados en función de lo que hacen las personas. En esa relación se produce la vida urbana. No es difícil que los campos semánticos de un período determinado se pierdan, así como se transforman aquellos espacios y sus significantes. En buena medida es la literatura, y también el periodismo, la que permite la transmisión de recuerdos, la que facilita el acceso a determinados códigos urbanos. Esta reflexión viene a colación de lo que fue la fachada del diario El Diluvio, ubicado en su última y fecunda etapa en la calle del Consell de Cent, 345, de Barcelona.

La imagen que nos sirve de comentario procede del libro que acaba de publicar ediciones Carena, gracias al buen oficio del periodista Gil Toll: El Diluvio. Memorias de un diario republicano y federalista de Barcelona (1858-1939). Tan sólo hace tres años este periodista de TV3 ya hizo otra gran contribución a la recuperación de la memoria del llamado “periodismo libre” con la publicación del libro: Heraldo de Madrid, tinta catalana para la Segunda República española (Renacimiento, 2013). En el escenario abierto por el nuevo milenio puede resultar paradójico comprobar lo que han supuesto las tecnologías digitales. Por una parte, en efecto, nos permiten disponer de medios de comunicación digitales, minoritarios, con una perspectiva crítica, sin dependencia económica de intereses espurios y con una relación intensa con una ciudadanía activa, participativa y comprometida. Por otra parte, se ha producido un contraste con la información digital a partir de la cual se reconstruye el pasado. Podría parecer que La Vanguardia o el ABC fueron los dos únicos diarios que existían en Barcelona o en Madrid entre finales del siglo XIX y el siglo XX. Los repositorios digitales de prensa histórica institucionales, tanto de Madrid como de Barcelona, a pesar de los esfuerzos realizados, no han cubierto la necesidad, aún mayor para el joven historiador actual que trabaja online, de digitalizar series enteras de las cabeceras que competían con la prensa de la burguesía. El Diluvio, así como tantos otros diarios, han quedado ocultos. La sombra de la hegemonía burguesa se extiende así hacia el pasado, sin cejar en la creación de una versión del presente. (Sirva de ejemplo este artículo de el Heraldo de Madrid.

El libro editado por Gil Toll permite ver los mundos del periodismo de aquella Barcelona: los redactores, los temas calientes, la lucha contra la injusticia, la censura, la fuerza del mundo urbano y del municipalismo, la alegría de la República, la conflictiva vida social y política ciudadana y la tristeza de la guerra. La ruta para la reconstrucción del inconsciente urbano del pasado que facilita El Diluvio de los años 1920 y 1930 está compuesta por las plumas afiladas y plurales de reporteros como Jaume Claramunt, Frederic Pujulà, Àngel Samblancat o Regina Lamo, y de reporteros gráficos como Brangulí. Es el periodista incisivo y comprometido de aquella época que cuenta con ejemplos tan genuinos como diversos entre los que cabe recordar a Manuel Fontdevila, Manuel Chaves Nogales, César González Ruano, Julio Camba, Francisco Madrid, Just Cabot o Domènec de Bellmunt. Para el caso de la prensa catalana se debe reconocer la enorme contribución realizada en los últimos años por la editorial A Contravent, tanto en la recuperación de textos originales como en la producción de estudios rigurosos.

Volvamos a la imagen, a la fachada de El Diluvio. La entrada de las tropas franquistas supone el cierre del diario, la salida hacia el exilio de buena parte del equipo directivo y de redacción y la muerte del propietario Manuel de Lasarte en la carcel Modelo. No tenemos certeza de la fecha exacta de cuando se produjo la transformación del edificio que ocupaba El Diluvio, pero la comparación entre fotografías nos permite advertir el fenómeno de la especulación, característico del desarrollismo franquista en l’Eixample, con esa ampliación de pisos añadidos en altura. Es un caso más que no agota la compleja transformación urbana de Barcelona operada bajo la alcaldía de Porcioles.

Bajo la acusación de marxista, entre otras barbaridades, el edificio de El Diluvio y su contenido fueron incautados y controlados de inmediato por la Falange, que lo integraría en su extensa red de negocios y cadenas de fidelidades. La familia del empresario y dueño de El Diluvio, encabezada por su mujer Àngels Busquets, lucharon en los tribunales franquistas durante años para recuperar sus propiedades. El redactor del antiguo Heraldo de Madrid, Carlos Sampelayo, escribió un artículo demoledor –Los delitos “legales” de la Dictadura– sobre éste y otros tantos casos semejantes en la publicación Tiempo de Historia (1 de diciembre de 1978). Podría parecer una historia conocida pero la realidad, a pesar de poder imaginar el caso, resulta insuperable. Veamos el asunto a través de la biografía de un objeto: la rotativa de El Diluvio. La prensa del movimiento se fundamentó en una ley de julio de 1940 que ordenó el traspaso inmediato a la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de la Falange de todo lo habido en los talleres de la prensa contraria al Movimiento Nacional.  Aquella rotativa del Consell de Cent, 345, acostumbrada a imprimir en papel republicano del tintero crítico y democrático, había de ir a parar a Alcalá de Henares, a una de las prisiones donde el franquismo reprimía sin límite. La rotativa se puso a disposición de la nueva sede del diario Redención, que desde el primero de abril de 1939 había impulsado la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Formaba parte del imperio editorial, propagandístico y periodístico, de tan alargada sombra, de la Editorial Católica. Redención no fue un periódico más. Dirigido por José María Sánchez de Muniain, a la sazón vocal de propaganda del Patronato de Redención de Penas, y supervisado por el Director General de Prisiones, de nombre sintomático, el general Máximo Cuervo, Redención fue el supuesto órgano de expresión de periodistas, artistas y literatos, de los “agradecidos presos republicanos a la magnanimidad del Caudillo”. En realidad fue otro elemento más de la estrategia represora franquista de eliminación de toda oposición política, basado en la delación y el arrepentimiento público como vías para la redención del preso y salvación de su vida, pero no para evitar el castigo y la pena. Sobre este asunto resultan enriquecedoras las páginas escritas per Eutimio Martín sobre el oficio de poeta de Miguel Hernández (Aguilar, 2010).

El edificio de El Diluvio también se reinventó poco después del fin de la guerra. No sabemos cómo pasó de la Falange a otras manos, pero tenemos certeza de la ubicación de las Galerías Pallarés desde el mismo año de 1940. La investigación de Cristina Zabala ha arrojado luz sobre la temprana contribución de Barcelona a la construcción del imaginario cultural franquista. Su excelente publicación sobre las galerías de arte barcelonesas de los años 1940 pone de manifiesto las bases en las que se impulsó el mercado del arte, donde prosperaron individuos poderosos como los hermanos Julio y Álvaro Muñoz Ramonet. De la mayor parte de las galerías de arte que tomaron como eje el paseo de Gracia en la década de 1940 se desconoce el nombre del propietario y del director artístico. Es también el caso de la Galería Pallarés, en funcionamiento hasta finales de los años 1950. Resulta sorprendente, en un contexto de pobreza y de funesta autarquía, el gran número de galerías, sin comparación posible con Madrid o Valencia, y los varios centenares de exposiciones inauguradas. En las noticias de la prensa de estos años, en ABC y La Vanguardia, se puede observar la instauración de una nueva escenografía del poder franquista en la ciudad, completamente militarizado. Baste como ejemplo este artículo del ABC de 1944. El arte parecería haber contribuido a crear un nuevo relato de hegemonía cultural y, en parte, también desde aquel emblemático lugar que fue la sede de El Diluvio.

Un comentario en “El Diluvio

  1. Estupendo artículo, muchas gracias por los comentarios tan halagadores sobre mi trabajo. Me ha interesado mucho la historia de las Galerías Pallarés, que desconocía totalmente. También me ha gustado ver de ceca los dos faroles de la entrada, que ya estaban en la época del diario y que le daban a la fachada un aspecto realmente singular. Sobre la remodelación del edificio, sin embargo, hay que decir que es de fecha reciente, por lo que no cabe adjudicarla a la administración del alcalde Porcioles, tan funesta por otros muchos atentados urbanísticos.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s