La exposición “Arte y Carne”

o cómo desenfocar el patrimonio históricocientífico

No es fácil hacer una reseña crítica de una exposición como Arte y Carne (http://arteycarne.ucm.es/), que podría haber sido todo un acontecimiento, por la riqueza de sus materiales, por la competencia de buena parte de quienes han trabajado en el proyecto y porque debería haber provocado un entusiasta descubrimiento popular de cuán rico y variado es el patrimonio científico y médico que reúne una ciudad como Madrid. Si no ha sido así se debe, en mi opinión, a una innecesaria -y, creo, contraproducente- ‘atapuerquización’, pecado original que -imagino- cabe atribuir a los responsables políticos e institucionales de la exposición y no a quienes -por debajo del comisario y la llamada “comisión científica”- han trabajado en su materialización.

En seguida trataré de explicar lo de la ‘atapuerquización’, pero ahora permitánme continuar un poco más con la alegoría bíblica: cometido el pecado original, expulsados todos (piezas y expertos) del paraíso, como consecuencia de un pecado de orgullo, la cosa ya no tuvo enmienda; a pesar -insisto- de las excelentes aptitudes de la mayor parte de las personas que trabajaron en el proyecto y a pesar -esto es quizá lo más lamentable- de la espectacular belleza y el enorme interés histórico, científico y patrimonial de la colección de ceras anatómicas del siglo XVIII que hoy conserva el Museo de Anatomía Javier Puerta (https://www.ucm.es/m.anatomia), de la Universidad Complutense de Madrid, Arte y Carne no consigue estar a la altura; y, en algunos aspectos como en el de la estructura, la redacción de los textos y la explicación del contexto de elaboración y exhibición de las piezas, falla sin paliativos.

En cuanto a lo de la atapuerquización, bastan tres preguntas para entender a qué me estoy refieriendo: ¿es un paleoantropólogo -por prestigioso y competente que sea, en lo suyo, Juan Luis Arsuaga- la persona adecuada para actuar como comisario en una exposición que pretende explicar y comunicar al público la importancia y valor de una fantástica colección madrileña de ceras anatómicas del siglo XVIII? ¿Tan poca confianza tenían los responsables políticos e institucionales de la Complutense en la riqueza y valor de su propio patrimonio que había que ligarlo a la fama de Arsuaga y de la industria cultural de Atapuerca? ¿De verdad creen que los valores de una fabulosa colección médica, artística y científica como la de esas ceras anatómicas madrileñas ganan algo al ser confusamente asociadas a un yacimiento arquelógico que, aunque de enorme éxito científico y mediático en nuestro conocimiento de la evolución humana, no tiene absolutamente nada que ver con la enseñanza de la cirugía y la anatomía humanas en el Madrid de finales del siglo XVIII? O, por el contrario, invirtiendo los términos de lo que dicen perseguir sus promotores, si lo que se pretendía era divulgar qué es lo que los paleoantropólogos piensan actualmente acerca de tres o cuatro estructuras anatómicas particulares de la especie humana (encéfalo, fonación, bipedestación y parto) y su “éxito evolutivo” ¿por qué razón creyeron que la mejor manera era exhibir unas ceras anatómicas creadas en Madrid para enseñar a los cirujanos de finales del siglo XVIII?

El resultado es, a nuestro modo de ver, doblemente negativo: una exposición que pretende explicar dos cosas sin relación y que usa para ello unos bienes patrimoniales de gran valor, pero que quedan no solo descontextualizados, sino abiertamente desvalorizados en medio de un estilo de discurso divulgador que cree tener su mejor baza en el supuesto impacto efectista del anacronismo. Tal estilo de divulgación ha dado unos resultados excelentes a los creadores de la industria Atapuerca, pero es legítimo preguntarse qué es lo que aporta a la explicación de las hermosas ceras anatómicas madrileñas, a las que, en última instancia, banaliza al tratar de vincularlas con conceptos e ideas que ni siquiera existían cuando fueron creadas, exhibidas y utilizadas.

En consecuencia, los valores más interesantes de la exposición quedan enmascarados en medio de un discurso que viene de otro lado y va hacia otra parte. Es lo que ocurre con las dos secciones más interesantes y afortunadas de Arte y Carne, situadas en las salas 7 y 8 y dedicadas, respectivamente, a “La colección” y a “La anatomía en el arte”. En la primera el visitante puede, por fin, aprender algunas cosas fundamentales sobre las piezas de cera expuestas y que hasta ese momento ha ido viendo en un contexto expositivo confuso, dedicado a explicarle otras cosas que nada tienen que ver. Es especialmente pertinente -y muy bien explicada y mostrada- la técnica de la ceroplastia, así como las tareas de restauración efectuadas en pìezas como “La Parturienta”, una de las más espetaculares entre las expuestas. Por lo que respecta a la segunda sección destacable por su calidad e interés, “La anatomía en el arte” reflexiona sobre la relación, fundamental en el siglo XVIII, entre indagación y docencia académicas de la anatomía por un lado y de la escultura y el dibujo por el otro. Esta parte, además, permite exhibir otra poco conocida pero espléndida del patrimonio madrileño: los ricos materiales coetáneos de las ceras anatómicas del Colegio de San Carlos, procedentes de las aulas de la Academia de San Fernando, poniendo así en estrecha relación estas dos instituciones docentes tan características del Madrid de la Ilustración.

Las secciones intermedias (“El orgullo de la especie”, “Un parto diferente” y “El don de la palabra”) ya hemos dicho que, en realidad, pertenecen a otra exposición. Sobre las secciones restantes, las que al principio del recorrido pretenden explicar el momento histórico en el que las ceras anatómicas madrileñas se produjeron, mejor correr un tupido velo, ya que es en ellas donde se acumulan más errores históricos (sobre Vesalio, sobre Martín Martínez, sobre el teatro anatómico de Madrid, sobre la cirujía naval, sobre las expediciones del siglo XVIII) y más textos de redacción incomprensible. En una palabra, donde más se pone en evidencia la no adecuación de una parte del equipo responsable de Arte y Carne, expertos en otras cosas, pero no en historia; ni de la medicina, ni de la otra.

Abierta hasta el 31 de diciembre, en el C ARTE C (Av. Juan de Herrera, 2. Ciudad Universitaria de Madrid)