Frankenstein no era el monstre

El dijous passat, dins el cicle de col·loquis de la SCHCT  dedicats al bicentenari de Frankenstein  -FRANKENSTEIN 2018: DOSCIENTOS AÑOS EN LA HISTORIA DE LA CIENCIA-, va venir Andrew Smith de la University of Sheffield (UK) a parlar de la ciència a Frankenstein, descobriments i controvèrsies (“The Science of Frankenstein: discoveries and controversies”).

Tot i que el tàndem ciència i literatura me sembla fascinant, no volia avui contar-vos tant sobre el que va dir, més aviat descontextualitzar un detall.

L’Andrew Smith ens va llegir un fragment del prefaci de la mateixa Shelley on l’autora es demanava si algun dia es descobriria el principi de la vida, i si es comunicaria.

El dia següent vaig veure l’entrevista a l’Alfons Zarzoso, president de la SCHCT i co-autor d’aquest projecte, i el sento dir “fer recerca i difondre aquesta recerca en diferents tipus de formats”.

Em va sorprendre –gratament- trobar aquesta reflexió dos dies seguits, en dos contexts diferents.

La història de la ciència també és una mica la història d’aquelles coses que no sols s’han descobert, o s’han pensat, o trobat. També s’han sabut expressar i comunicar al llarg dels anys. Des de molt abans de Frankenstein.

La comunicació és la tercera dimensió de la ciència, o hauria de ser-ho. Entendre com viatja la informació ens ajuda a entendre com es forma el coneixement, com evoluciona, com varia, com es perd o com perdura.

Li estic donant moltes voltes a tot això arrel de vàries coses, ja fa un temps. Tenc la sensació que l’abisme entre el coneixement generat i el coneixement efectiu, conegut, generalitzat és sempre massa gran, massa profund, massa fosc.

Com fer més practicable aquest abisme? O en paraules de l’Alfons Zarzoso, com fem per dotar la societat d’una major sensibilitat vers, podríem dir, la cultura en general i científica en concret?

Potser és una pregunta massa òbvia, típica, melosa. Tots els que, d’alguna manera treballam o participam  en el món de la cultura -científica-, passada o present, tenim part de responsabilitat en aquesta sensibilització. Quin paper assumim, com a individus, en la creació i difusió?

Vull pensar que, en una realitat que ens porta a estar cada vegada més dispersos, tot ajuda: des de la literatura fins als museus, inclòs aquest bloc i tota la infinitat d’iniciatives que us venguin al cap.

També s’hi val comentar-li a un amic que Frankenstein no era el monstre. O potser sí.

La piel del agua: percepciones de ciencia en el cine -Cold Skin y The Shape of Water-

Hace apenas una semana entregué un borrador que versaba sobre lo humano en el mar. No vamos a hablar de él ahora, todo a su debido tiempo.

Pero, evidentemente, en él mencionaba The Shape of Water, la última obra de Guillermo del Toro, que esta madrugada -hora mediterránea occidental- ha ganado un óscar a la mejor película, junto a otros tres.

Todo ello me hace sonreir, aunque sea lunes por la mañana y llueva.

No quiero comentar aquí la película, ni entrar en valoraciones cinematográficas convencionales.

Voy a irme por las ramas, o las olas. Solo apuntar algunos detalles que me llamaron la atención, en la periferia del argumento principal.

Junto a The Shape of Water, en mi texto, menciono Cold Skin, La Piel Fría o La pell freda, que es el título bajo el que leí por primera vez este libro de Albert Sánchez Piñol que me fascinó mucho más allá de lo que entonces pudiera imaginar. Hay historias que te marcan, sin saber muy bien por qué.

Vi Cold Skin hace solo unos días, no pude verla en el cine porque permaneció un suspiro en cartelera. Una lástima. Todo el mundo me ha hecho malas críticas. Y no sé, cambiaría cosas, pero creo que transmite la esencia. A veces pienso que la que no tiene criterio soy yo. La verdad es que ahora quiero volver a leer el libro. Después de tanto humano-pez en mi vida, tengo la necesidad de volver a las raíces de todo ello, y tengo la sensación de que esa historia tiene algo que ver.

Pero en fin, pensando en ambos largometrajes, el constatar que -almenos uno- no ha dejado indiferente a público y academia -de cine- y, recordando el post de Xavier sobre Alien, me ha llevado a divagar un poco sobre la ciencia que se percibe en ambas películas, independientemente de otras muchas lecturas en las que no voy a entrar.

Me gusta como, a su manera, cada una ambienta el contexto ideológico y anímico en el que se encuentra la ciencia y como lo viven sus protagonistas. Nos dan pinceladas de cómo afrontan la existencia de esas criaturas imposibles en función de la época, del imaginario teórico colectivo que choca contra la evidencia que experimentan.

Por un lado, The Shape of Water transcurre en plena Guerra Fría. Se enfrentan las vertientes más contrapuestas de la ciencia: la utilitaria llevada a un extremo casi cómico -pero por desgracia existente-, carente de curiosidad o afán de conocimiento. Solo una obsesión: que los rusos no se enteren.

Por suerte no todos los personajes son así, hay lugar para otro tipo de ciencia, sino no habría película. Pero no desvelaremos nada. Simplemente muestra a la perfección esa dicotomía.

Otro momento genial -que probablemente haya pasado desapercibido a la mayoría, pero que yo, con mi neurona monopolizada, disfruté mucho-, cuando Giles le cuenta a Eliza que ‘una vez vio una sirena, en una carpa, que resultó ser un mono cosido a la cola de un pez. Pero a él le pareció rea’  -¿y no es eso lo que importa a la experiencia humana?-.

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Giles, en esos segundos de metraje, resume la historia de varias décadas, incluso siglos, de controversia. La existencia de sirenas, de humanos acuáticos, que persisten de hecho hasta nuestros días -en películas como estas-. Se refiere concretamente al caso de los pez-mono o Feejee Mermaids, muy famosas en el siglo XIX (y puede que principios del XX), que formaron parte de espectáculos y exhibiciones como las de P.T. Barnum.

Nos deja entrever la historia de las colecciones y como se mostraban, la atracción por lo exótico y su impacto. Y del encanto y desencanto de todo ello.

Cambiando de cinta, pero siguiendo con la atracción por descubrir nuevas formas de vida, entenderlas. La Piel Fría se sitúa a comienzos de la Primera Guerra Mundial, aunque esto en esa isla perdida en los límites de lo antártico casi no importa.

Además de todo lo que debería relatar de ser esta una revisión a la usanza -la soledad, el miedo, la transformación, los perfiles psicológicos, lo agreste del lugar y del alma humana- me quedo con un momento en el que, a pesar de todo lo que ya intuímos que está al caer, vemos como antes de enfrentarse a esa cruda realidad, hubo un espacio para la curiosidad, las anotaciones, el observar y conocer lo vivo de ese lugar remoto, la información en los cuadernos de campo…

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Y cuestionar(se) lo establecido para dar explicación a la observación propia:

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Ambas películas siguen alimentando lo fantástico. Se enmarcan en momentos clave en los que la ciencia se percibía de formas distintas. Una mantiene reminiscencias de la curiosidad exploradora, también colonizadora, a partir de unas ideas determinadas pero aún no del todo establecidas. La otra, nos muestra una ciencia más devastada, desencantada. Pero ambas visiones deberán reformularse asaltadas por nuevas realidades. Y, al final, de eso trata el conocimiento científico ¿no?

“Intelligence is the ability to adapt to change”

Stephen Hawking

‘Hope’ y la curiosidad en el Natural History Museum, London

Llevaba bastantes años sin visitar el Natural History Museum de Londres. Creo que la última vez fue fugazmente en 2005 . No había vuelto, a pesar de mi interés y trabajo relacionados con la Historia Natural. Es lo bueno y lo malo de la era de la tecnología, que te permite estar, trabajar, en lugares sin pisarlos.

Hasta que este lunes frío pero sin lluvia me bajé del bus, el típico rojo bus, en la Cromwell Road y volví a quedarme quieta, sobrecogida, comtemplando la majestuosidad del edificio.

Tuve que rodearlo pues la entrada principal está cerrada por obras. Caminaba y pensaba en todo lo que contenían esas paredes. No solo las colecciones físicas, también las ideas, pensamientos y saberes que impregnan sus estancias.

Al entrar por el lateral ya vi el ‘cocoon’, parte nueva -almenos para mi-, del llamado Darwin Center (y pienso que Darwin estaría contento con semejante centro a su nombre).  Su espacio abierto al público traza un paseo contínuo a través de varios niveles y varios siglos.

Mientras caminas por ellos, numerosas vitrinas y ventanas te muestran las colecciones fundacionales del lugar -los herbarios de Hans Sloane, las notas y dibujos de Evelyn Cheesman– a la vez que los laboratorios más punteros en genética, biodiversidad…

Al final, o al principio, está la tarea de otorgar un orden, una clasificación. Y como dicen en este gabinete de curiosidades creado para la ocasión:

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’no hay maneras correctas o incorrectas de clasificar’.

Solo formas más o menos útiles de ordenar, en función del objetivo. Y así se han sucedido generaciones de naturalistas, tratando de encontrar clasificaciones coherentes de todo lo que nos crea y rodea. Y ahí seguimos…

Hice el recorrido un poco del revés y sin sentido. Estaba lleno de escuelas y no me apetecía ver según qué salas, menos aún abarrotadas de gritos. Los lunes son así de caprichosos.

Paseando entre dinosaurios, minerales y tiendas de libros y souvenirs en las que prefería no entrar a riesgo de tener que facturar una maleta extra, llegue al hall. Y allí no estaban los ‘dinos’, estaba Hope. No me acordaba de ese cambio que, según me explicaron, había generado discusión entre la sociedad londinense el verano pasado.

Es cierto que la sala parece más vacía, porque Hope está colgada del techo, flotando, como todo ser pelágico. Vale que los dinosaurios eran chulos. Pero a mi me gustó el cambio. Y me gustó aún más la reivindicación que conlleva. En el primer piso, bajo la mirada de las estatuas de quienes erigieron el museo, en un palco que otorga una vista frontal del esqueleto, hay un pequeño cartel que expone:

Blue whale Balaenoptera musculus

· female · 25m · beached on Swanton’s Bank, Ireland · 26th March 1861·

In 2017 it was chosen as the centerpiece of Hintze Hall because it highlights many of the big questions about the natural world and our place in it.

The blue whale represents the fragile status of the planet, past, present and future.

As well as being a longstanding evolutionary puzzle and keyspecies in marine ecosystems, the decision to protect these magnificent species also stands out as a bold commitment to a more sustainable future for our planet.

 

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Hope, the NHM blue whale

Fragile. Hope. Future. No podía estar más de acuerdo.

Continué por el pasillo, cautivada por el cetáceo flotante, sumergiéndome en las vitrinas que muestran pequeños apuntes de las vidas de los ‘primeros naturalistas’, los ingleses en este caso, y sus cuadernos de campo, sus viajes y expediciones, sus (re)colecciones, sus fotografías. Aquellos que se preguntaban ‘cómo’ y ‘por qué’ con una mirada sistemática, un anhelo de orden, de intentar abarcar tanta naturaleza desbordada. Frágil, sí, pero a la vez resistente, persistente. Aquellos que decidieron explorar, ampliar horizontes, algunos de los cuales todavía hoy desconocemos, sobretodo en la fracción acuática del planeta.

Endeavour shells

Endeavour 1769- 1771: specimens (Mollusca)

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Challenger: Reports and specimens

Challenger 1872-76: reports and specimens (Mollusca)

Me imagino la emoción, quizás el temor, siempre la curiosidad.

Me quedé pensando en la importancia de seguir creando espacios para la curiosidad, lugares, encuentros, reales y virtuales donde tejer telarañas en el espacio-tiempo para enlazar conocimientos que generen nuevas miradas.

Me gusta que los museos de historia -natural o no-, dejen de ser algo que asociar solo al pasado, que sirvan para conocerlo, pero aún más que nos despierten preguntas sobre el presente, y nos cuestionen el futuro. Que nos recuerden que ser curioso es, o debería ser, inherente a ser humano.